2026-04-24

Postales neuquinas

El otoño que pinta la Patagonia

Hay estaciones que pasan. Y hay otras que se quedan. El otoño en Neuquén no es un tránsito: es una forma de mirar el paisaje, de habitar el tiempo, de entender la tierra.

El otoño llega sin apuro. Baja desde la cordillera, se enreda en los bosques y empieza a pintar, como si alguien -tal vez ese duende que imaginó Marcelo Berbel- caminara en silencio dejando colores en cada hoja. Rojos, amarillos, naranjas, ocres. Una paleta que transforma lo conocido en algo nuevo.

No llega con estruendo. No pide permiso. Se instala. Como esas cosas que no sabías que estabas esperando hasta que aparecen. Una mañana el aire cambia, apenas. Un frío suave, casi tímido. Y de golpe, sin que nadie dé aviso, los árboles empiezan a incendiarse en silencio.

En el sur, entre San Martín de los Andes, Junín de los Andes y Villa La Angostura, los bosques andinos se vuelven escenario. Los lagos reflejan los colores del otoño como si fueran espejos quietos, y rutas como el Camino de los Siete Lagos se convierten en una sucesión de postales que cambian en cada curva.

Más hacia adentro, en Villa Traful, el tiempo parece ir más lento. El bosque rodea al lago y el silencio tiene otro peso. En Aluminé y Villa Pehuenia-Moquehue, los pehuenes —milenarios, firmes— conviven con lengas y ñires que se encienden en tonos cálidos, mientras los lagos devuelven esa imagen como una pintura viva.

El otoño no es solo cordillera

En el norte, la Ruta Provincial 43 atraviesa valles donde los álamos y sauces se vuelven dorados. Chos Malal, Andacollo, Las Ovejas o Varvarco muestran otra cara de la provincia: más abierta, más áspera, pero igual de conmovedora. Allí, el otoño también es cosecha, encuentro y tradición.

Y en los valles, sobre los ríos Neuquén y Limay, la estación se siente en el ritmo de las chacras. En San Patricio del Chañar, Centenario, Plottier o Senillosa, las alamedas se vuelven amarillas, los viñedos rojizos, y la tierra entra en un momento de transición que también es celebración: vendimia, cosecha, trabajo.

El aire es más fresco. Las cumbres empiezan a teñirse de blanco. Y hay algo en esa mezcla -color, frío, silencio- que invita a quedarse un poco más. A caminar, a mirar, a entender.

Porque el otoño en Neuquén no es solo paisaje. Es identidad. Es la confirmación de que esta tierra cambia, pero nunca deja de ser profundamente ella misma.

Y en cada hoja que cae, en cada lago que refleja, en cada ruta que se abre, hay una invitación simple:

Venir.
Recorrer.
Y dejar que el otoño haga lo suyo.

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