2026-04-10

Postales neuquinas

El regreso de la veranada, cuando la montaña devuelve a las familias y los animales

Cada otoño, en el norte neuquino, cientos de crianceros emprenden el regreso desde las zonas altas hacia los campos de invernada. Es el fin de la veranada: una de las escenas más identitarias, productivas y conmovedoras de la provincia.

Hay un momento del año en que la montaña empieza a despedirse del verano. No hace falta mirar un calendario. Basta con ver cómo cambia el viento, cómo se endurecen las mañanas o cómo aparece la primera nieve sobre los cerros más altos. Entonces pasa. Por las huellas del norte neuquino vuelven a bajar los animales.

Primero aparecen algunos caballos. Después los chivos, las ovejas, las vacas. Más atrás vienen los perros. Los jinetes. Las familias enteras. Una olla atada a una montura. Una manta sobre los hombros. Un chico dormido arriba de una mula. El humo de un fogón improvisado al costado del camino. 

Es el regreso de la veranada.

Durante los meses más cálidos, cientos de familias crianceras suben con sus animales a las zonas altas de la cordillera, donde el deshielo deja pasturas frescas y agua. Allí pasan el verano. Pero cuando llegan el otoño y las primeras nevadas, toca volver. Hay que bajar antes de que los caminos se cierren y antes de que la nieve vuelva imposible el paso de los animales.

En el norte neuquino, el fin de la veranada no es solamente un movimiento productivo. Es una escena que se repite desde hace generaciones y que forma parte de la identidad profunda de la provincia. Hay familias que conocen esas huellas de memoria. Saben dónde hay agua, dónde conviene pasar la noche, dónde el sendero se angosta o dónde el viento pega más fuerte.

A veces el regreso dura días enteros. Depende de la distancia, del clima y de la cantidad de animales. En el camino hay alojos, corrales y refugios precarios donde las familias descansan antes de seguir. Hay mate, pan casero, perros ladrando de noche y animales que se acomodan entre el cansancio y el frío.

Desde hace años, la Provincia acompaña este regreso con obras en las huellas de arreo. En distintos puntos del Alto Neuquén se construyeron y mejoraron refugios, corrales, cargaderos, aguadas, alambrados y pasarelas para facilitar el paso seguro de los animales y de las familias crianceras.

También existen leyes provinciales que protegen esta forma de vida. La Ley 3016 resguarda las huellas de arreo y garantiza el derecho de las familias crianceras a circular entre las zonas de veranada e invernada.

Porque el regreso de la veranada tiene algo más que trabajo. Los animales bajan más fuertes. Las familias vuelven con provisiones, historias y cansancio. Y la montaña queda atrás, otra vez silenciosa, esperando el próximo verano.

De ese recorrido nace también el chivito criollo del norte neuquino, reconocido en todo el país por su calidad y su denominación de origen. Tiene detrás estas pasturas de altura, estas vertientes, estas caminatas de días enteros y esta forma de criar animales respetando el ritmo de las estaciones.

Por eso, cuando vuelven a bajar los arreos desde la veranada, no sólo se mueve el ganado. También se mueve una parte de la memoria de Neuquén. Una historia hecha por familias crianceras, sus caballos, perros, campanas, barro y huellas. Una historia que sigue viva y que recuerda que hay lugares donde el otoño todavía llega acompañado por el sonido lento de los animales bajando de la montaña.

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